DESDE EL INTERIOR DE UNA CÁMARA OSCURA

En la penumbra de mi habitación, en la casa de mis padres, descubrí cómo la imagen roja del autobús o la amarilla de los taxis se proyectaban en las paredes y el techo en movimiento opuesto al ruido que me llegaba de ellos desde la calle. Las persianas eran las típicas del ensanche barcelonés y lo que empezaron siendo manchas más o menos difusas, de las que sólo se identificaba el color, terminaron siendo imágenes más nítidas al cerrar mejor los orificios por donde entraba la luz. Cada pequeña abertura suponía una imagen que podía mezclarse con la que provenía de la abertura que estaba en el siguiente listón de la persiana, y así, sucesivamente. Y todas, en movimiento opuesto al sonido, formaban una película desincronizada en el espacio, no en el tiempo.

Esto ocurría en verano, cuando hacía la siesta y la temperatura aconsejaba reducir el calor exterior protegiéndose de la luz. Descubrí que ajustando de forma conveniente las persianas y reduciendo los agujeros por donde entraba la luz conseguía más nitidez y menos imágenes superpuestas. De hecho, entendí que aquello era una proyección en el momento en que conseguí esta nitidez. Y entendí la relación de imagen y sonido como el juego de las cuatro esquinas: sólo coincides en el centro. Esta disociación fue lo que mas me costó interpretar y en parte me ayudó el hecho de que justo frente a la casa hubiese una parada de buses, rojos, por lo que la secuencia era: aparece mancha roja arriba por la derecha con ruido de motor apaciguándose y algo de frenos desde la izquierda, se detiene la mancha roja con suspiro de puertas abriéndose, suspiro de puertas cerrándose y mancha roja que se pone en marcha para abandonar el cuadro por la izquierda con ruido de motor acelerando con esfuerzo y algún que otro ruido de cambio de marchas hasta la desaparición de la imagen por la derecha. Los extras de sonido que no provenían del motor, es decir, el ruido de frenos o los que provenían del cambio de marchas transmitían las dificultades y esfuerzos que suponía la operación de detener y volver a empujar aquella mole roja que casi ocupaba toda la pantalla que era el techo y las paredes.

En otros momentos distinguía manchas más pequeñas o de otros colores, más difíciles de interpretar y que no tenían el hábito de suspirar al detenerse. Con el tiempo conseguí relacionar todo lo que ocurría en la proyección en el interior de la habitación con lo que sucedía en el exterior. Y si no lo conseguía, lo imaginaba. Otro mundo era el familiar, del que yo formaba parte. Éste se transformaba sin que la imagen se invirtiera. Los objetos, las mesas, las lámparas o yo, aparecíamos como sombras, como impedimentos para que la proyección llegara a la pared. Reteníamos la imagen del exterior deformada en nosotros mismos, para proyectar solo nuestra sombra, también desfigurada, en la pantalla de las paredes. Nuestra presencia era sólo visible por la ausencia de la proyección, como quien recorta un fragmento de la película y nos lo oculta para él, evidenciando su acción con la silueta en negro.

Al descubrir el mito de la caverna de Platón no pude dejar de compararlo con lo que fue para mí una experiencia sumamente reveladora. Durante años, el papel tétrico y negativo de las sombras que esta cultura les ha dado y su interpretación en el mito, me ha parecido demasiado lejana de mis experiencias lúdicas con los juegos de proyección. Evidentemente, luz y sombras se necesitan y no las podemos aislar una de la otra. La imagen descrita por Platón me resulta más cercana a mis experiencias de luces, sombras, colores y movimiento.

En el interior

En la penumbra de mi habitación, en la casa de mis padres, descubrí cómo la imagen roja del autobús o la amarilla de los taxis se proyectaban en las paredes y el techo en movimiento opuesto al ruido que me llegaba de ellos desde la calle. Las persianas eran las típicas del ensanche barcelonés y lo que empezaron siendo manchas más o menos difusas, de las que sólo se identificaba el color, terminaron siendo imágenes más nítidas al cerrar mejor los orificios por donde entraba la luz. Cada pequeña abertura suponía una imagen que podía mezclarse con la que provenía de la abertura que estaba en el siguiente listón de la persiana, y así, sucesivamente. Y todas, en movimiento opuesto al sonido, formaban una película desincronizada en el espacio, no en el tiempo.

Esto ocurría en verano, cuando hacía la siesta y la temperatura aconsejaba reducir el calor exterior protegiéndose de la luz. Descubrí que ajustando de forma conveniente las persianas y reduciendo los agujeros por donde entraba la luz conseguía más nitidez y menos imágenes superpuestas. De hecho, entendí que aquello era una proyección en el momento en que conseguí esta nitidez. Y entendí la relación de imagen y sonido como el juego de las cuatro esquinas: sólo coincides en el centro. Esta disociación fue lo que mas me costó interpretar y en parte me ayudó el hecho de que justo frente a la casa hubiese una parada de buses, rojos, por lo que la secuencia era: aparece mancha roja arriba por la derecha con ruido de motor apaciguándose y algo de frenos desde la izquierda, se detiene la mancha roja con suspiro de puertas abriéndose, suspiro de puertas cerrándose y mancha roja que se pone en marcha para abandonar el cuadro por la izquierda con ruido de motor acelerando con esfuerzo y algún que otro ruido de cambio de marchas hasta la desaparición de la imagen por la derecha. Los extras de sonido que no provenían del motor, es decir, el ruido de frenos o los que provenían del cambio de marchas transmitían las dificultades y esfuerzos que suponía la operación de detener y volver a empujar aquella mole roja que casi ocupaba toda la pantalla que era el techo y las paredes.

En otros momentos distinguía manchas más pequeñas o de otros colores, más difíciles de interpretar y que no tenían el hábito de suspirar al detenerse. Con el tiempo conseguí relacionar todo lo que ocurría en la proyección en el interior de la habitación con lo que sucedía en el exterior. Y si no lo conseguía, lo imaginaba. Otro mundo era el familiar, del que yo formaba parte. Éste se transformaba sin que la imagen se invirtiera. Los objetos, las mesas, las lámparas o yo, aparecíamos como sombras, como impedimentos para que la proyección llegara a la pared. Reteníamos la imagen del exterior deformada en nosotros mismos, para proyectar solo nuestra sombra, también desfigurada, en la pantalla de las paredes. Nuestra presencia era sólo visible por la ausencia de la proyección, como quien recorta un fragmento de la película y nos lo oculta para él, evidenciando su acción con la silueta en negro.

Al descubrir el mito de la caverna de Platón no pude dejar de compararlo con lo que fue para mí una experiencia sumamente reveladora. Durante años, el papel tétrico y negativo de las sombras que esta cultura les ha dado y su interpretación en el mito, me ha parecido demasiado lejana de mis experiencias lúdicas con los juegos de proyección. Evidentemente, luz y sombras se necesitan y no las podemos aislar una de la otra. La imagen descrita por Platón me resulta más cercana a mis experiencias de luces, sombras, colores y movimiento.

Faustí Llucià

Tríptico, 230x140 cm. Ilfocrome Classic. 2007

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